¿Quién hizo algo? El Pogrom del 9-10 de noviembre de 1938 (Kristallnacht)

                                                                                           Prof. Angela Waksman

 

Aquella noche del 9 de noviembre de 1938 la historia cambió. Miles de cristales rotos desparramados por las calles de Berlín, Viena y  todas las ciudades grandes y pequeñas de Alemania y Austria -tras su anexión al Reich- fueron la manifestación de la  faceta más violenta del nacionalsocialismo conocida hasta ese momento. Ya no eran actos esporádicos ni acciones individuales: era un plan preparado por los jerarcas del gobierno nazi quienes dieron la orden de  atacar tanto las propiedades e instituciones como a los propios judíos.

Esa noche el rumbo de los acontecimientos se precipitó. Una acumulación de operaciones previas que se habían iniciado con el ascenso de Hitler al poder en enero de 1933: propaganda, legislación y  discriminación permanente, habían abonado el terreno para la tarea que fue desplegada aquella noche. Fueron cristales rotos, fue fuego, profanación y muerte. Fue una agresión pautada y sistemática que debía parecer espontánea, y el asesinato del segundo secretario de la embajada alemana en París, Ernest vom Ratt a manos de un joven refugiado judío Herschl Grynspan, dio la excusa perfecta para concretar el pogrom.

 

La realidad es que la noche del 10/11/1938 a la 1,20hs de la madrugada fue emitida una orden secreta por el jefe de la Policía de Seguridad del Reich (SD)  Reinhard Heydrich que determinaba:

1)  Está permitido tomar solamente aquellas medidas que no pongan en peligro la vida o los bienes alemanes.

2)       Está permitido destruir casas o negocios judíos, pero no el saqueo. La policía deberá controlar los acontecimientos.

3)       En los barrios comerciales es necesario poner atención especial en la defensa de los negocios no judíos y evitarles todo daño.

4)       No deberá molestarse a ningún ciudadano extranjero, inclusive si es judío

5)       La policía confiscara todo material de archivos que se encuentre en todas las sinagogas y oficinas de la comunidad judía, para que no se destruya en el curso de los disturbios. Se entregara el material de los archivos a las instancias autorizadas de la SD.

6)      Inmediatamente luego de haber comenzado los disturbios, se liberará al personal enrolado para este objetivo, se ocupará en la ejecución de numerosos arrestos de judíos  (especialmente de la clase adinerada, de sexo masculino y que no sean de edad avanzada).

7)      Luego de los arrestos, se comunicarán con los campos de concentración relevantes, para enviarlos rápidamente a esos campos.

 

Era clara la acción contra los judíos: destruir, confiscar bienes y  deportar a hombres jóvenes a los campos de concentración de Alemania y Austria para ser utilizados como mano de obra esclava.

 

Fue una noche terrorífica. Familias enteras agredidas, atacadas, violadas en sus bienes  y propiedades, pero también en su dignidad.

Pero hubo otra agresión, quizás tan o más dolorosa que aquel violento ataque y  fue la actitud de la población local no judía  muda espectadora de los acontecimientos. Miró los incendios  de las sinagogas como quien observa una obra teatral perversa y no se movió ni se conmovió. Vio  consumirse el fuego de las sinagogas donde oraban los vecinos que compartieron con ellos la cotidianeidad y no ayudó a apagar el fuego. Observó cómo se quebraban los cristales de las vidrieras donde se reflejó en su paso al trabajo o al mercado y siguió de largo. Cruzó delante de los negocios destrozados donde diariamente departían con sus dueños o compraban desde siempre y no emitió una palabra ni de horror ni de aliento. No hizo nada, solo observó o quizás peor miró para otro lado…

El Pogrom de Noviembre de 1938 conocido como Kristallnacht fue un acontecimiento que concluyó con el asesinato de más de 90 judíos, con la destrucción de miles de escaparates donde los cristales se esparcieron como cuchillos filosos sobre las aceras. Fueron sinagogas devoradas por el fuego, libros sagrados profanados  y hombres jóvenes, más de 30.000, conducidos a Dachau, Buchenwald y otros campos de concentración. Pero  hubo algo más que se quebró y se demolió: la confianza y la solidaridad, dejando lugar a la indiferencia y a la desidia. Aquel que era amigo o vecino no tendió una mano a quien lo necesitaba, decidió dejar hacer. Esa actitud sirvió para demostrarle a los nazis que cualquier acción en contra de los judíos sería avalada por los ciudadanos, que el adoctrinamiento, la propaganda y el estado totalitario creó  una sociedad paralizada, que  había convivido con los judíos por siglos pero estaba dispuesta a actuar por lo menos haciendo nada. ¿¿Miedo o indiferencia?? Quizás ambas cosas solo que ese silencio avaló las acciones tanto presentes como futuras.

La generalización no es buena, hubo quienes se enfrentaron al régimen, tanto gente común, como militares antinazis, sin embargo no lograron modificar el devenir de los acontecimientos.

En noviembre de 1938, la rotura de los  cristales hizo un ruido ensordecedor, aunque no logró despertar las conciencias de tantos individuos que prefirieron no oír, no hacer y no actuar. Prefirieron el sueño a la pesadilla que se aproximaba.

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