Amanece en Ierushalaim

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Miércoles 2 de noviembre de 2016. Son las 6.30 de una mañana fría en Ierushalaim.

El sol comienza a aparecer y a reflejarse en las piedras de la Ciudad Vieja. Junto a Shaar Hashpot, la puerta más cercana al ingreso al Kotel, nos vamos reuniendo unos cientos de personas. La intención es acompañar a las Neshot Hakotel (Mujeres del Muro) en la tfilá de Rosh Jodesh, como lo vienen intentando hacer desde hace más de veinte años.

Llama la atención que hoy todavía debamos luchar por la consecución de un derecho tan básico como lejano: que las mujeres que así lo deseen, puedan cargar y leer la Torá, usar un talit, una kipá y tefilin.

Sabíamos que no era una marcha fácil y no teníamos muchas esperanzas de lograr pasar. Después de todo, hay una orden del rabino del Kotel prohibiendo que cualquier grupo no ortodoxo ingrese con torot a la zona que, por oscuros designios políticos, está bajo control de la ortodoxia. Pero lo íbamos a intentar.

Las torot serían llevadas por rabinos de los movimientos reformista y conservador, para ser entregadas a las mujeres una vez que estuviéramos en la explanada y que ellas las puedan llevar a la sección femenina, frente al muro.

La consigna era clara y directa: caminemos tranquilos, juntos y sin provocaciones y esperemos que esta vez no nos bloqueen el paso.

Comenzamos la marcha y alguien comenzó a cantar “Kol haolam kuló, guesher tzar meod. Ve haikar, lo lefajed klal” (El mundo entero es un puente muy angosto, y lo importante es no tener miedo). Y todos nos sumamos a cantar y sentir las palabras que salían de nuestros labios. Las canciones fueron variando pero seguíamos convencidos de que “haikar, lo lefajed klal” (lo importante es no tener miedo).

Al llegar a los controles de seguridad tuvimos la primera sorpresa: no encontramos la habitual negativa ni el bloqueo policial. Uno de los que encabezaban la marcha, animando a aquellos que estaban más atrás, se paró en uno de los bancos para que lo puedan ver y avisó “¡¡Pasamos!! ¡Esta vez pudimos entrar!”. Es muy difícil explicar la emoción que sentimos en ese momento todos los que estábamos marchando: abrazos, lágrimas, piel de gallina y la profunda convicción de que estábamos viviendo un momento histórico.

Pero no era el momento de festejar aún. No nos esperaban momentos fáciles. Desde las escaleras comenzaron los insultos y los gritos de los ortodoxos que se acercaban. Nosotros, como teníamos muy claro cuál era el objetivo, no respondíamos a las agresiones. Incluso los primeros empujones e insultos desde cerca (desde MUY cerca) no nos perturbaban y la marcha seguía.

Hasta que comenzaron a atacar a quienes cargaban las torot, e incluso intentaron arrancárselas de las manos.

No podría decir qué fue lo que nos impulsó, si la firme convicción de conseguir nuestro objetivo o la imposibilidad de comprender cómo gente que se autoproclama religiosa ataca de manera violenta sólo por el hecho de expresar su religión de manera diferente. Y allí fuimos: a poner el cuerpo, a resistir los golpes y los empujones, a intentar bloquear las agresiones y proteger a nuestros compañeros de marcha y las torot que cargaban.

Ver de cerca y sentir en primera persona la furia descontrolada de los que dicen “defender la tradición” nos daba más fuerza para enfrentarlos y profundizaba la convicción de que estábamos haciendo lo correcto.

Finalmente, llegamos, en medio de más violencia y agresión física y verbal.

Una a una, las torot fueron entregadas a rabinas de las corrientes no ortodoxas y pudieron, en un día que va a quedar en la historia, entrar con ellas y leerlas frente al Kotel.

Ese mismo Kotel que es patrimonio del pueblo judío para toda la humanidad. El mismo que, por la importancia que tiene, no puede ser sectario y excluyente, que debe reflejar la variedad y pluralidad de formas e ideas que hacen al ser y el hacer de un pueblo que siempre se caracterizó por respetar y crecer gracias a sus diferencias y no pese a ellas.

Cuánto mejor podríamos vivir si, no sólo en el Kotel sino en cada comunidad, la corriente ortodoxa comprendiera que no son ni los intérpretes exclusivos de la voluntad divina ni los únicos habilitados para definir quién es judío y cómo debe vivir su judaísmo.

Tuve la suerte de compartir este momento con Ricardo Rotholtz, dirigente de Mishkan. Y estoy seguro de que tanto él como yo marchamos acompañados por aquellos que desde lejos comparten la emoción de haber estado hoy en el lugar y el momento correctos. Familia, amigos y comunidad que estuvieron con nosotros marchando y cantando, dando los primeros pasos para llegar a un Kotel igualitario.

Hoy comprendí las palabras de Abraham J. Heschel cuando dijo que al marchar con Martin Luther King, sus pies rezaban. Y comprendí también que aún falta mucho camino por recorrer.

Amanece en Ierushalaim. Comienza a aparecer una luz de esperanza.

 

Edy Huberman