Jerusalem, ciudad de la paz

Por Rab. Sergio Bergman

La víspera del shabat ya venía impregnada de un clima especial. Siempre shabat, en Ierushalaim, es especial; sin embargo, la ciudad de David tiene en estos días una nueva dimensión. Para los argentinos, tan orgullosos como somos de nuestros éxitos para ser reconocidos como campeones, vamos siempre detrás de los ídolos como ganadores, en lugar de aceptar el desafío de los ejemplos en valores. En estos días, los argentinos con orgullo somos testigos de una revolución espiritual que Bergoglio, tan querido y cercano a quienes lo conocimos, y fiel a su compromiso con el pueblo judío, encarnado en el diálogo con la comunidad judía argentina; es hoy el pontífice de la paz que llega como Francisco a las murallas de nuestra Sagrada Ciudad, consagrada por nuestra milenaria tradición y compartida en santidad por hermanos cristianos y musulmanes por igual. Estar aquí en estas horas es un paso más de un largo camino por el cual nuestros maestros del diálogo interreligioso en la comunidad judía y en la sociedad argentina debemos gratitud a quienes fueron pioneros para sembrar, en tiempos difíciles y con críticas severas, la semilla del encuentro judeocristiano de la que hoy cosechamos sus preciosos frutos. Somos herederos de ese trabajo silencioso, carente del merecido reconocimiento, pero, al mismo tiempo, tenemos por delante el compromiso de formar a nuevas generaciones de judíos argentinos que —integrados a nuestra sociedad sin asimilarse— puedan integrarse para contribuir desde la particularidad judía con la agenda compartida de una sociedad que aún lejos está de ser digna en la equidad de la justicia social, en la libertad plena de vivir en la ley, y en la fraternidad de pacificarnos todos los argentinos como hermanos que somos. Todos estos desafíos universales, arraigados en nuestras fuentes sagradas de la tradición judía. Hoy estaremos celebrando no solo esta peregrinación por la paz, sino también la efeméride del 25 de Mayo, cuando la revolución de nuestros próceres proclamó la promesa de una tierra de prosperidad y paz. Aquí llegaron nuestros abuelos inmigrantes con su esperanza de libertad, pan, trabajo para sus hijos; y somos hoy nosotros quienes debemos retomar esa promesa y comprometernos a legarlo a nuestros propios hijos, en el desafío de la nación del porvenir.

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